El caminante
jueves, 19 de mayo de 2011
domingo, 20 de septiembre de 2009
Educar con amor
Libros de español, pupitres desordenados, afiches en las paredes, armarios colmados de carteleras, más libros, cuadernos y lápices eran lo que decoraba ese salón verde y caluroso donde pude conversar con Mercedes, una profesora de espíritu afable y de rostro alegre. No tengo algún recuerdo de ella, sólo sé que dicta clases en un instituto y que es cristiana. Su aspecto enternecedor, su cándida mirada, su didáctico desempeño en el aula y la sabiduría de sus labios me dejaron reflexionando sobre la enseñanza de la lectura y la escritura. Ella, con treinta y ocho años, se ha desempeñado como profesora de aproximadamente dos centenas de estudiantes desde los más pequeños hasta señores adultos. Sólo esbozó una sonrisa en medio de un mar de preguntas que le hice; dócilmente empezó a responderlas una a una con un agraciado tono de voz que me permitía ver su paciencia de docente.
Un poco nerviosa, comenzó por la primera respuesta que, con varios rodeos, llegó a un punto importante de la educación: El maestro. Sólo veía esa convicción y ese gusto que proyectaba cuando hablaba de enseñanza, tanto así que se consideró como maestra y definió de esta manera: “maestra es aquella que enseña, que instruye.” En medio de mi asombro, veía en ella un empeño por enseñar, explicar, indagar, consultar e instruir; lo confirmó claramente con sus clases amenas y con el interés que sus estudiantes mostraban. Me sentía decepcionado, al recordar algunos de mis docentes que sólo causaron traumas en mi proceso de aprendizaje; eran sólo profesores dedicados a dictar una cátedra sin importar lo que aprendiera el estudiante, como ella decía.
Entre tanto que me comentaba, risas fluían de un lado a otro, se tornaba más amena la conversación y sus respuestas eran más precisas. Con acento santandereano, me fotografió las estrategias que usaba para enseñarles los temas a los muchachos, que se sumergen hoy día en el río caudaloso de la internet y de otros medios. Tan interesante se puso el diálogo que una estudiante sigilosamente paró oreja de todo lo que se decía y asentía como mirando una pelota rebotar. Mesas redondas, foros, cineforos y debates, eso es lo que se respira en el aula de la maestra; con ahínco se dedica a hacer las clases más divertidas y utiliza el juego para romper el hielo entre el estudiante y el profesor. Sus recomendaciones de importar las nuevas tecnologías en el aula y sus denuncias contra el mundo del espectáculo me hicieron recordar inevitablemente a un profesor docto en la materia, Joan Ferrés, que aconseja sacar provecho de la tecnología en el aula, ya que los chicos como gigantes dan pasos vertiginosos y se van quedando cautivos en las redes de la internet. Algo parecido como coincidencia me comentaba la profesora que: “uno debe sacarle provecho a la internet, que no solamente se quede en el chateo o en el facebook”.
La canícula del mediodía ya no me fastidiaba y menos en ese momento en que se hablaba sobre la enseñanza de la lectura. Evoqué algunos profesores que me enseñaban a descodificar con la cartilla “Nacho” y los intentos de transcribir un texto aburrido del tablero a mi cuaderno. Me contaba que su educación fue basada en los principios tradicionales y que aplicaban el lema: “la letra con sangre entra”. Asentí, recordando el doloroso día en que mis manos sintieron el golpe de una férula por empapar mi uniforme con mezcla de agua y sudor que me daban aspecto de pollo mojado, decía mi antigua profesora. En cambio esta docente le daba primacía al amor, porque “si no se pone amor a lo que hace, retírese de la docencia.” Ya empezaba a anhelar y a preferir esta profesora que a la que me tocó. Más aun cuando se adentra en la enseñanza de la lectura a niños de preescolar.
Con gran interés, fijé la mirada en ella, agudicé mi audición y me acomodé para percibir esa enseñanza acertada y moderna de la que trata Emilia Ferreiro. Sí, la rotulación y visualización de palabras, oraciones, párrafos y textos completos. Me asombré que ya no utilizara el mismo método de la edad de piedra que indicaba a unir sílabas y ya. Sillas, mesas, tableros son los títulos que se podían ver en el salón de preescolar. Todo estaba rotulado hasta la maestra se ponía su letrero y cada niño con su nombre en escarapelas. Miré a la muchacha que estaba en el dintel y pensaba en la fortuna de haber aprendido de esta manera. Era sorprendente oír que la maestra sacaba a sus estudiantes en fila india y les leía los letreros de los almacenes y de la publicidad que rodeaban la calle: “así los niños se acostumbran a visualizar y, luego ven la palabra en un libro y aprenden a leer”. Sólo me imaginaba a esos niños que aceptaban con agrado este modo de enseñanza.
Poco a poco teníamos más confianza; sus estudiantes de primaria aprendían a leer y a comprender textos de una forma similar. La visualización y la extracción de ideas principales con esquemas era lo que se podía observar en los cuadernos y tableros; se vino a mi mente un David Cooper estructurado con esquemas y diagramas: una forma sencilla de aprender a comprender pequeños cuentos, fábulas, textos y canciones. ¿Canciones? Sí, a partir de cánticos, poesías y textos practicaban la lectura y brotaba a flor de piel el gusto por leer; “los niños son como esponjas, reciben todo lo que usted les enseñe”, ella me hacía sentir una gran responsabilidad frente a estas criaturas. ¿Y los muchachos de secundaria? Esos chicos disfrutan de un acompañamiento en el proceso lector, hacen mapas conceptuales, cuadros sinópticos, mapas mentales de las lecturas. Y como buena maestra, hace su tarea; Crimen y castigo, Cien años de soledad, María, la Biblia son algunas de las obras que no están disecadas en su biblioteca sino que lee constantemente para su crecimiento profesional y espiritual.
Se me erizaba la piel de escuchar a esta mujer que sabiamente me comentó sobre el proceso de escritura. De la experiencia, de esas salidas a las calles, a los parques, los niños visualizan y, en clase, en casa, escriben los más gratos recuerdos así con sus garabatos y grafemas mal formados; esta mujer no se preocupa, al fin de cuentas: “ellos algún día aprenderán; sólo me centro en mostrarles las palabras correspondientes a sus grafías”. En el salón de primaria, podía observar esas paredes llenos de palabras, composiciones, pequeños cuentos y poesías. Aprenden a escribir, a reír, a soñar, a imaginarse otros mundos. Escriben carticas, emblemas, mensajes en sus cuadernos, en carteles y en tableros. Los chicos de secundaria, que un poco trastornados por los cambios, se entrevé un gran entusiasmo por implementar la tecnología en el aula. Escriben textos a partir de imágenes, de películas, de cuadros, de pinturas, de otros cuentos. Racimo asociativo o lluvias de ideas, cuadros y mapas se aúnan en sus mentes, tratando estructurar su caótico universo de ideas y plasmarlas ordenadamente en un papel.
De pronto, ella no lo sabe, pero Cassany y María Teresa Serafini salían de su boca a hacer su máxima presentación mientras que explicaba cómo evaluaba. Me decía ella que un lenguaje sencillo es lo más importante para crear un buen texto: “La redacción clara y precisa muestran que el estudiante ha comprendido su mundo, ha entendido las imágenes y lo sabe explicar por medio del texto”. Sin pensarlo dos veces, me reí de eso y recordé mi profesor de didáctica que me ha recalcado sobre la escritura sencilla. Siguió diciéndome que el acompañamiento dirigido en el proceso de escritura y la revisión del resultado final son dignos de tenerse en cuenta para una mejor evaluación.
Era hora de almorzar, eso decía mi estómago; la agonía me acosaba, me quería ir ya. Consejos salían de su rostro: “Eduque con amor, ame su profesión; es una profesión mal retribuida; la mejor paga es ver cómo un estudiante aprende, cómo viene a mí y me dice la quiero, la recuerdo, la extraño, gracias por su enseñanza.” Y terminó con una frase que me dejó retumbando hasta el día de hoy: “También usted debe pedirle a Dios sabiduría porque el principio de la sabiduría es el temor a Jehová.” En conclusión, ser maestro es más que ser un personaje de televisión; es más que tener dos trabajos al mismo tiempo, es más que lanzar un cohete al espacio; es más que ser un ingeniero. Ser maestro no es para muchos, es para pocos.
Por César Cristancho
viernes, 18 de septiembre de 2009
Luna
Luna, resplandece con luz tenue;
Las estrellas calmadas están,
El cielo se ve nublado
Y Luna ya no quiere brillar.
Oh, Luna, ¿qué te pasado?
Este Sol ya no te amará más
Pero Luna, brilla, brilla, brilla
Aunque sea un brillo fugaz.
Luna, ya no estés triste
Otro sol te brillará.
Por mí, no sufras Luna bella;
Las estrellas contigo estarán.
Luna, tu hora ha llegado,
Es tiempo de levantar tu mirada,
Enjuga tus ojos desgastados;
Tus desgracias ya se acabaron.
Ahora otro sol te brilla;
Empiezas a sonrojar
Ya tus lágrimas cesaron
Y el cielo oscuro no está.
Se acerca la mañana,
Ya te debes esconder;
No tengas miedo, Luna bella,
Que tu amado brillará.
Por César Cristancho
El poema fue escrito mientras sonaba la melodía de "Nuevo mundo" de Dvorak, tomada de: http://www.youtube.com/watch?v=in4i6OmRMbY. Para leerlo, la canción sólo debe ser escuchada entre los minutos 1:02 y 2:35. No es necesario ir a otra página, escúchela acá, en casa.
sábado, 29 de agosto de 2009
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