El caminante
sábado, 29 de agosto de 2009
lunes, 24 de agosto de 2009
Una hora en las casetas de comidas
Eran las diez de la mañana, meditabundo, observé en la calle de las casetas de fritos y frutas una gama de posibilidades que se ofrecían para cada tipo de consumidor: comidas saludables y no tan saludables; bebidas naturales y gaseosas; limonadas con sabor a Frutiño, con sabores agridulces y salpicones con abundante dulce y con poco líquido. Mientras tanto un par de moscas rodeaban el calentador de empanadas, tratando de picar alguna, pero se veían impedidas por el ímpetu de los cinco dedos que por ahí pasaban cada minuto.
Me acerqué a la caseta donde venden empanadas excéntricas como las de pescado y las de camarón. Esperé un lapso hasta que se desocupara el joven que atendió como pulpo a más de cinco personas al mismo tiempo manteniendo un diálogo monótono:
-¿De qué son las empanadas?
-Hay empanadas de camarón, pollo, pescado, champiñón…
-¿De qué son las empanadas?
-Empanadas de camarón, pollo, pescado, champiñón…
-¿De qué son las empanadas?
-De camarón, pollo, pescado, champiñón…
-¿De qué son las empanadas?
-Camarón, pollo, pescado, champiñón…
Su pelo desarreglado, su cara demacrada y sus ojos desgastados reflejaban el tedio de levantarse temprano para arreglar la masa, traer el carrito y los demás implementos para su trabajo. Me decidí, por fin, a preguntarle el precio de las empanadas y me contestó un tanto confundido y estresado: “Camarón, pollo, pescado, champiñón…” Resistiendo la burla, le llevé la cuerda y me quedé pensativo entretanto que él reflexionaba y, al instante, me hizo conocer el valor de cada empanada. Me senté detrás del joven, pidiéndole un vaso de avena, y percibí la misma dinámica: el vaivén de las manos con empanadas y dinero, en medio de la asonancia de los golpes del mazo, los cuarenta principales y los sonidos confusos de conversaciones simultáneas y, a esta ópera de teatro pobre, se unía la danza de las moscas con los dedos arrasadores.
Al lado de esa caseta, veo dos fruterías ambulantes: ¡qué extraña combinación! Una mujer se sentó a mi lado; llamó a sus amigas; conversó y aclaró los problemas que tenía en un banco. La disonancia de las voces de la radio se mezclaba con la ópera de voces graves y agudas que se concertaban en los intercambios de diálogo. Pero no cesaba de observar la función de las moscas y los dedos que se abalanzaban sobre las empanadas, ¿por qué se ensañaban tanto en picar esa comida? Es cierto que son deliciosas, pero debe haber algo que las atrae, pensaba.
Un poco después, me acerqué a la frutería y pedí un salpicón. Me encontré con una vecina que, entusiasmada, me saludó mientras se tomaba un vaso de naranjada. Hablamos un poco de la vida universitaria, de la cual me dio a conocer sus deficiencias en francés para que le enseñara un poco. El acto de las moscas y los dedos todavía seguía perturbando mi mente, era como si hicieran parte de las empanadas. Un poco paranoico, revisé la que estaba comiendo para ver si se había caído una dentro, pero me distraje un poco y no pensé más en esos bichos raros.
Me senté detrás de la frutería; la vendedora, una señora de edad con carisma y buena actitud me saludó y me dijo: “¿Le echo lecherita al salpicón, joven?” le contesté que me daba mareo, por eso afirmó que la crianza que había recibido de sus padres fue relevante: “con buenos valores y buena alimentación; por eso, mijo, los jóvenes de hoy sufren enfermedades de abuelos”. Y asentí recordando las mismas premisas de mis padres con respecto a esto. Mas era inevitable echar una mirada hacia la otra caseta y darse cuenta de que las empanadas eran pisoteadas por esos insectos molestos, apestosos y negros que me hicieron botar el último mordisco de mi empanada.
Desvié la mirada y me fijé en aquellos hombres de las empanadas; uno de ellos le tomaba el pelo a un joven de la frutería, diciéndole: “Usted, en la otra vida, fue mujer; por eso ahora es gay”. Risas fluían, iban, venían, se desvanecían y otra vez: “allá lo vieron, bajándole los calzones a Juan. ¡Ay, Dios mío! Par’éstas quien los vino a ver. Nada más que el viejo Lucho”. Se vislumbraba un ambiente de sincretismo en las ondas sonoras que propagaban las canciones con danza árabe de Shakira, los principios de reencarnación del budismo y el catolicismo ferviente de la señora. Luego le di unos pesos a la señora del salpicón y, lleno de curiosidad y pánico, me acerqué sigilosamente a la caseta de los muchachos; observé el mismo baile de las moscas y los dedos y adentré mi mirada en un rincón donde descansaban esos bichos y ¡oh, sorpresa!, para mi decepción, estaban dentro del calentador dos pequeñas y sucias cucarachas que habían muerto recientemente.
Entre los intercambios de creencias, dogmas, comportamientos y desagradables insectos, se acercó una compañera y me sugirió que me inventara el final. Pero en realidad, la conclusión de esta hora de trabajo se sostiene en el vaivén de los consumidores, la atención al cliente, la dinámica consumidora, la distención entre los vendedores, las conversaciones ajenas, la mala música sintonizada, la monotonía y el mal higiene; todo esto es lo que posiblemente se puede observar en cualquier caseta de comidas.
Por César Cristancho
domingo, 23 de agosto de 2009
La escritura inmortaliza
En un lugar de
La escritura, desde antaño, crea historias de religión en los textos sagrados, en las hojas de papiros, en las murallas, en el piso, en las paredes, en el universo.
La escritura se incrusta en la era mitológica con sus dioses, ninfas, cíclopes, viajes, odiseas, aventuras, héroes, guerras, que no sólo vislumbra la concepción de la creación del mundo sino que se presenta una cultura, un pensamiento y costumbres.
La escritura halla cabida en la literatura como forma de la expresión del pensamiento, en la observación del mundo y en la reflexión crítica de los asuntos sociales.
La escritura se concibe en los cuentos de hadas, en las fantasías, en la imaginación, en los elfos, en los bosques, en las montañas, en las casas de chocolate, recreando mundos fantasmagóricos que viajan en el tiempo y pueden suceder en cualquier lugar del mundo o en el país del nunca jamás.
Es a través de la escritura que el hombre ha expresado sus pensamientos y admiración frente al vasto mundo que lo rodea, pero también se ha tomado el placer de escribir sobre sus emociones, sentimientos, sensaciones, deseos, sufrimientos. Por eso, el hombre tiene la necesidad de registrar el amor, el desamor, la tristeza, la soledad, el desespero, la decepción y la muerte a través de la materialidad que dibuja los pensamientos, virtudes y sentimientos del ser humano.
sábado, 22 de agosto de 2009
Rosa rubra veris

a Caesar Christancho
La caída
Sin embargo, a elección de mi prima vimos “Scary Movie”. Nos mofábamos de las escenas sosas que se desarrollaban entre la trama. En las escenas de terror, botábamos las almohadas hacía el techo, mi prima gritaba, su hermano vomitaba y mis otros primos se carcajeaban con una risa malévola. Pero cuando presentaban las escenas de morbo, mi prima adelantaba con el control para no observar las pasiones desenfrenadas de los jóvenes, lo que provocó cierta discordia; mis primos con mas ahínco contemplaban esas escenas, pero mi prima decidió apagar el televisor y se fue a dormir. Sólo quedamos mis primos y yo, aburridos sin encontrar algo que hacer.
De repente, a un primo dijo con gran pasión: "¿Por qué no vamos a jugar fútbol?"; él desde pequeño le ha gustado ese deporte. Tres primos y yo consentimos en salir a la cancha con un balón que rebotaba como caucho. En el camino, nos pasábamos el balón de un lado al otro para calentar los músculos. Llegamos allá con gran prisa; no queríamos perder ni un minuto; deseábamos jugar hasta el amanecer, sin descansar ni dormir ni regresar a casa. Entonces comenzamos a jugar un partido de dos pa’ dos, como decía un primo. En esa noche, pude percibir la sinfonía profunda que se percibía de la naturaleza: el pitido de los grillos, el croar de las ranas, las incesantes luces de las luciérnagas, el ruido del viento recio, el revuelo de los árboles.
A las tres de la mañana, dos primos se cansaron de jugar y se sentaron a charlar en las graderías de la cancha. Mientras tanto, el primo restante y yo acordamos en jugar “cancha a cancha”, modalidad que nos hacía vibrar y dar puntapiés como el tigre embiste a su presa. Mientras tanto mis primos contemplaban la luz de la luna y, de vez en cuando, miraban el vaivén agresivo del balón de fútbol, de aquí para allá, de allá para acá. En una oportunidad, tomé bastante impulso, me lancé como gacela contra el balón; dí el puntapié y lo mandé tan fuerte que alcanzó los tres metros de una malla que dividía la cancha del monte y, cuando me percaté, el balón se entremezcló con los colores de los chamizos y ramas que decoraban el barrizal del monte.
Como de costumbre, el que votaba la pelota, debía recogerla, yo, con la adrenalina subida y con ínfulas de superhéroe, me inserté en ese monte caótico y percibí que el balón se encontraba cerca de mí. Me prendí de la malla y caminé unos cuantos centimetros hasta llegar al frente de un árbol. El miedo empezó a brotar por mi piel, la sensación del abismo profundo incrementaba el temblor de mis piernas y el vértigo atormentaba mi cabeza. Decidí saltar hacia el árbol y llegué al extremo de una rama gruesa y fuerte de la que me sostuve . Ya parecía que todo acabaría, solo faltaba un paso para alcanzar mi cometido. Observaba con anhelo el balón en frente de mí; miré rápidamente que había unas ramas fijas de otro árbol más robusto. Me agarré de una de ellas y me balanceé hacia al balón, esperando recuperarlo e irme a casa a dormir.
De repente, perdí el equilibrio; el terror nos abrumaba, a mi primo, que con voz temblorosa me preguntaba por mi bienestar y a mí, por verme en tal situación. Luego oí que se quebraban las ramas; cada vez mi vida pendía de un hilo; percibía un hueco profundo y una figura en el monte como sombra negra con un hacha, cortando cada rama de la que estaba suspendido; una a una se iban soltando; mi primo se sentía impotente y, al fin, se quebró la última rama. Oí un grito fuerte que salía de la boca de mi primo: ¡Noooooo! Y mientras tanto yo caía en el barrizal, tratando de sostenerme de algún lado para detener esa terrible pesadilla. Me prendí del brazo de un árbol, pero fue inútil. Mis otros primos corrieron a ver lo que sucedía, llenos de estupor, mas no pudieron ayudarme a salir del monte que cada vez me tragaba y me arrastraba hasta el asqueroso muladar. Yo rodaba tratando de cubrirme la cara y protegerme de pedazos de vidrio, pero eran tantos las vueltas que pensaba que mi alma abandonaba la cárcel de mi cuerpo. Golpe tras golpe, rápidamente arrasaba con todo lo que había a mi paso. Me golpeaban las piedras, la tierra árida y la basura. Rodé y no cesaba el movimiento por el trayecto desmesurado; pensé que sacaría alas de halcón para zafarme de esa odisea, pero cada vez que intentaba parar, el monte succionaba mi cuerpo, tanto que me arrastró hasta el muladar.
Cuando tuve conciencia y pude caminar como cuadrúpedo comencé a gritar: "¡Auxilio! ¡Sáquenme de aquí!" Al oír sólo el tenebroso crujir de las ramas, el croar de las ranas y la infinita oscuridad, me desesperé y vociferaba: "¡Primo, me escucha! ¡Ayúdenme!" Pero no se oía voz alguna que respondiera. Me deslicé con mis manos y mis piernas malheridas hasta acercarme a un lugar en que pudiera comunicarme. Cada vez más alzaba la voz en busca de ayuda, tanto así que las vecinas escucharon mis gritos y llamaron a la policía. Cuando caminaba hasta un muro cercano para sostenerme en pie, me puyé con vidrios y púas. Al fin, llegué al muro, del cual mis piernas débiles hacían que me sostuviera. -"¡Ahora sí, me escuchan, no me dejen solo, ayúdenme!" -"¡Tránquilo, César, ya alguien va a bajar para sacarlo de allá, no se preocupe, rece!" Aunque me dieron una voz de aliento, el miedo se apoderaba más de mí.
Dejé de gritar, mi alma cesó de preocuparse de los bichos raros, culebras, arañas, tinieblas; sólo me concentré en una luz tenue que apareció al frente de mí. Mi mente se tranquilizó cuando vi a mi hermano que se introducía en el monte para ayudarme. Mis primos tenían gran expectativa de ver que él era diestro para rescatar y salvar vidas. En ese momento, se colgó de un árbol con un cable de grabadora que le prestaron. Ágilmente, se trepó en un árbol cerca del muro del cual me sostenía. Se amarró fuertemente el cordón en su cintura y se acomidó a darme una mano. Cuando ya casi me sostenía de un brazo, ¡track! Se rompió la cuerda. En ese instante, se mezclaron muchos sentimientos y empecé a gritar, me descontrolé, sentí que se perdía mi hermano, quizá el no correría la misma suerte que yo. Entre tanto, mis primos, observándonos desde la malla, se petrificaron tanto que uno se puso a llorar a cántaros, otro vomitaba y otra, de los nervios, se reía a carcajadas. Quedaron tan asombrados que recurrieron a los bomberos, llamaron a mi tía, corrían de un lado a otro, sin saber qué hacer. A mi prima, poco a poco, se le caía el cabello y mis primos se arrancaban los pelos de la zozobra.
Luego de tantos lloriqueos, vómitos, tirones de cabello llegaron los bomberos con sus sogas gruesas y largas, sus cascos, sus uniformes y sus espíritus acomedidos para rescatarnos y, por fin, acabar con esa larga odisea que no quise volver a emprender jamás. Al fin, pudimos salir de ese horrible hueco aterrorizador y los bomberos nos preguntaron: "¿Están bien? ¿Los llevamos a que se hagan un chequeo médico?" A lo cual respondimos: "No, tranquilos, estamos bien, sólo algunos raspones, pero no más." Al mismo tiempo, aparecieron los policías y nos regañaron, diciéndonos: "¿Es que no tienen otro tiempo de jugar fútbol? ¿Qué hacen de 2 a 6 de la tarde?" A lo que yo respondí con voz suave y llanto: "Ustedes tienen razón, no debí haber salido a tan altas horas de la noche". Por eso me dejaron y nuestros primos, mi hermano y yo acordamos no volver a jugar al amanecer por el bienestar de todos.
La gris historia de la lectura








