
El caminante
sábado, 22 de agosto de 2009
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En su final intento, el viento corre con gran fuerza, arrasa los árboles, golpea los animales, rocía las aguas. Se detiene con freno de caballo al observar el rostro de su Dulcinea en la ventana, entra en su habitación, bailan; sacude las almohadas y se sienta mientras el viento la contempla, le hace masajes, la acaricia, la viste, la desviste y se marcha. Asombrada se aleja, se esconde debajo de su cama, se marchita en su soledad; el viento se va en busca de un nuevo hogar, corre, arrasa las hojas caídas, con rapidez de leopardo se lleva las casas; observa otra Dulcinea, la que andaba buscando desde sus primeros soplos; Dulcinea no se halla contenta; su amado se fue lejos y ahora vuelve, vuelve acabado y viejo; el viento taciturno, la acaricia, la besa; ella no quiere, no anhela; él se va entre las ramas de los árboles que algún día los dejó sin frutos.
Por César Cristancho
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