El aro

El caminante

sábado, 22 de agosto de 2009

La caída





Eran las dos de la mañana cuando mis primos, mi prima y yo decidimos ver las películas en la sala de su casa. Empezamos a escoger películas divertidas, no de niños felices ni de fantasía; películas que nos erizaran la piel de las imágenes que pudieran pasar en la noche, por ejemplo, del viernes 13 de Jason o los trece fantasmas con sus escenas de almas rondando en las tinieblas. Pero para la desilusión de muchos, no pasó así. Mi prima había alquilado “Scary Movie”, película en auge, por su comedía de medio pelo, su morbosidad y su amarillismo incluidos. También alquiló “el aro”, una película que deja una sensación de miedo cerval para las mentes ingenuas. Muchos de nosotros queríamos ciscarnos de miedo; ya era de noche, mi tía hace rato estaba durmiendo, otros primos en medio de su embriaguez ya iban en el quinto sueño.

Sin embargo, a elección de mi prima vimos “Scary Movie”. Nos mofábamos de las escenas sosas que se desarrollaban entre la trama. En las escenas de terror, botábamos las almohadas hacía el techo, mi prima gritaba, su hermano vomitaba y mis otros primos se carcajeaban con una risa malévola. Pero cuando presentaban las escenas de morbo, mi prima adelantaba con el control para no observar las pasiones desenfrenadas de los jóvenes, lo que provocó cierta discordia; mis primos con mas ahínco contemplaban esas escenas, pero mi prima decidió apagar el televisor y se fue a dormir. Sólo quedamos mis primos y yo, aburridos sin encontrar algo que hacer.

De repente, a un primo dijo con gran pasión: "¿Por qué no vamos a jugar fútbol?"; él desde pequeño le ha gustado ese deporte. Tres primos y yo consentimos en salir a la cancha con un balón que rebotaba como caucho. En el camino, nos pasábamos el balón de un lado al otro para calentar los músculos. Llegamos allá con gran prisa; no queríamos perder ni un minuto; deseábamos jugar hasta el amanecer, sin descansar ni dormir ni regresar a casa. Entonces comenzamos a jugar un partido de dos pa’ dos, como decía un primo. En esa noche, pude percibir la sinfonía profunda que se percibía de la naturaleza: el pitido de los grillos, el croar de las ranas, las incesantes luces de las luciérnagas, el ruido del viento recio, el revuelo de los árboles.

A las tres de la mañana, dos primos se cansaron de jugar y se sentaron a charlar en las graderías de la cancha. Mientras tanto, el primo restante y yo acordamos en jugar “cancha a cancha”, modalidad que nos hacía vibrar y dar puntapiés como el tigre embiste a su presa. Mientras tanto mis primos contemplaban la luz de la luna y, de vez en cuando, miraban el vaivén agresivo del balón de fútbol, de aquí para allá, de allá para acá. En una oportunidad, tomé bastante impulso, me lancé como gacela contra el balón; dí el puntapié y lo mandé tan fuerte que alcanzó los tres metros de una malla que dividía la cancha del monte y, cuando me percaté, el balón se entremezcló con los colores de los chamizos y ramas que decoraban el barrizal del monte.

Como de costumbre, el que votaba la pelota, debía recogerla, yo, con la adrenalina subida y con ínfulas de superhéroe, me inserté en ese monte caótico y percibí que el balón se encontraba cerca de mí. Me prendí de la malla y caminé unos cuantos centimetros hasta llegar al frente de un árbol. El miedo empezó a brotar por mi piel, la sensación del abismo profundo incrementaba el temblor de mis piernas y el vértigo atormentaba mi cabeza. Decidí saltar hacia el árbol y llegué al extremo de una rama gruesa y fuerte de la que me sostuve . Ya parecía que todo acabaría, solo faltaba un paso para alcanzar mi cometido. Observaba con anhelo el balón en frente de mí; miré rápidamente que había unas ramas fijas de otro árbol más robusto. Me agarré de una de ellas y me balanceé hacia al balón, esperando recuperarlo e irme a casa a dormir.

De repente, perdí el equilibrio; el terror nos abrumaba, a mi primo, que con voz temblorosa me preguntaba por mi bienestar y a mí, por verme en tal situación. Luego oí que se quebraban las ramas; cada vez mi vida pendía de un hilo; percibía un hueco profundo y una figura en el monte como sombra negra con un hacha, cortando cada rama de la que estaba suspendido; una a una se iban soltando; mi primo se sentía impotente y, al fin, se quebró la última rama. Oí un grito fuerte que salía de la boca de mi primo: ¡Noooooo! Y mientras tanto yo caía en el barrizal, tratando de sostenerme de algún lado para detener esa terrible pesadilla. Me prendí del brazo de un árbol, pero fue inútil. Mis otros primos corrieron a ver lo que sucedía, llenos de estupor, mas no pudieron ayudarme a salir del monte que cada vez me tragaba y me arrastraba hasta el asqueroso muladar. Yo rodaba tratando de cubrirme la cara y protegerme de pedazos de vidrio, pero eran tantos las vueltas que pensaba que mi alma abandonaba la cárcel de mi cuerpo. Golpe tras golpe, rápidamente arrasaba con todo lo que había a mi paso. Me golpeaban las piedras, la tierra árida y la basura. Rodé y no cesaba el movimiento por el trayecto desmesurado; pensé que sacaría alas de halcón para zafarme de esa odisea, pero cada vez que intentaba parar, el monte succionaba mi cuerpo, tanto que me arrastró hasta el muladar.

Cuando tuve conciencia y pude caminar como cuadrúpedo comencé a gritar: "¡Auxilio! ¡Sáquenme de aquí!" Al oír sólo el tenebroso crujir de las ramas, el croar de las ranas y la infinita oscuridad, me desesperé y vociferaba: "¡Primo, me escucha! ¡Ayúdenme!" Pero no se oía voz alguna que respondiera. Me deslicé con mis manos y mis piernas malheridas hasta acercarme a un lugar en que pudiera comunicarme. Cada vez más alzaba la voz en busca de ayuda, tanto así que las vecinas escucharon mis gritos y llamaron a la policía. Cuando caminaba hasta un muro cercano para sostenerme en pie, me puyé con vidrios y púas. Al fin, llegué al muro, del cual mis piernas débiles hacían que me sostuviera. -"¡Ahora sí, me escuchan, no me dejen solo, ayúdenme!" -"¡Tránquilo, César, ya alguien va a bajar para sacarlo de allá, no se preocupe, rece!" Aunque me dieron una voz de aliento, el miedo se apoderaba más de mí.

Dejé de gritar, mi alma cesó de preocuparse de los bichos raros, culebras, arañas, tinieblas; sólo me concentré en una luz tenue que apareció al frente de mí. Mi mente se tranquilizó cuando vi a mi hermano que se introducía en el monte para ayudarme. Mis primos tenían gran expectativa de ver que él era diestro para rescatar y salvar vidas. En ese momento, se colgó de un árbol con un cable de grabadora que le prestaron. Ágilmente, se trepó en un árbol cerca del muro del cual me sostenía. Se amarró fuertemente el cordón en su cintura y se acomidó a darme una mano. Cuando ya casi me sostenía de un brazo, ¡track! Se rompió la cuerda. En ese instante, se mezclaron muchos sentimientos y empecé a gritar, me descontrolé, sentí que se perdía mi hermano, quizá el no correría la misma suerte que yo. Entre tanto, mis primos, observándonos desde la malla, se petrificaron tanto que uno se puso a llorar a cántaros, otro vomitaba y otra, de los nervios, se reía a carcajadas. Quedaron tan asombrados que recurrieron a los bomberos, llamaron a mi tía, corrían de un lado a otro, sin saber qué hacer. A mi prima, poco a poco, se le caía el cabello y mis primos se arrancaban los pelos de la zozobra.

Luego de tantos lloriqueos, vómitos, tirones de cabello llegaron los bomberos con sus sogas gruesas y largas, sus cascos, sus uniformes y sus espíritus acomedidos para rescatarnos y, por fin, acabar con esa larga odisea que no quise volver a emprender jamás. Al fin, pudimos salir de ese horrible hueco aterrorizador y los bomberos nos preguntaron: "¿Están bien? ¿Los llevamos a que se hagan un chequeo médico?" A lo cual respondimos: "No, tranquilos, estamos bien, sólo algunos raspones, pero no más." Al mismo tiempo, aparecieron los policías y nos regañaron, diciéndonos: "¿Es que no tienen otro tiempo de jugar fútbol? ¿Qué hacen de 2 a 6 de la tarde?" A lo que yo respondí con voz suave y llanto: "Ustedes tienen razón, no debí haber salido a tan altas horas de la noche". Por eso me dejaron y nuestros primos, mi hermano y yo acordamos no volver a jugar al amanecer por el bienestar de todos.

Por César Cristancho




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