El aro

El caminante

sábado, 22 de agosto de 2009

La gris historia de la lectura




Fotos tomadas de V. de Vendetta



Cierto niño gordo comenzó su vida escolar cuando sólo le interesaba jugar a las escondidas, atrapar mariposas imaginarias, ver programas de dibujos animados, disfrutar del viento recio de las tardes lluviosas y saltar los sucios arroyos que se formaban en las calles del pueblo. Sólo deseaba divertirse y pensaba que el colegio sería igual de festivo a su vida cotidiana. En los dos primeros años, este niño agraciado conformaba un grupo particular de pequeños cándidos y se entretenían con las clases pánfilas de las profesoras subyugadas al respetable director del colegio,un ogro que halaba las orejas de los niños que se comportaban pésimo. En esos años, este niño sólo aprendió a escribir una serie de grafemas latinos con buena caligrafía y a leer sílabas que conformaban palabras con la cartilla Nacho, sin razonar si el enano era malo porque no le curaba ni le sanaba su mano o por qué Rinrín Renacuajo salió muy tieso y muy majo a una francachela en que dejó a sus amigos desamparados: en fin, una cartilla para aprender a leer correctamente para dummies; pero las profesoras sólo seguían el programa impuesto.

Después del grado de Jardín B, ese niño tenía grandes expectativas para el próximo año: escribir con excelente caligrafía, leer rápido y claro y seguir jugando con los amigos en el recreo. A propósito de los juegos, cierto día este niño jugaba a atrapar mariposas imaginarias con sus compañeros de primer grado: era una tarde calurosa pero fascinante; le encantaba correr haciendo círculos en el patio y palmotear simulando atrapar la mariposa. Una vez terminado el recreo, la profesora los ordenó en fila india para revisar sus uniformes y observar la pulcritud de sus alumnos. Por su parte, el niño quería descabullirse de la profesora, mas llegó la hora en que él debía presentarse nervioso y empapado de sudor. La profesora se dio cuenta de lo sucedido y le preguntó por qué parecía un pollo mojado; sacó la férula para golpearlo en la mano y enseñarle el decoro, la pulcritud y la decencia. En cuanto a la caligrafía, los docentes le obligaban a escribir planas de palabras sueltas, frases sin sentido o sobre los buenos comportamientos según la norma ciudadana, lo que le ayudó a mejorar la estética de los grafemas, la descodificación de palabras y la pronunciación de fonemas, técnica que se fue desarrollando para tener éxitos en lectura rápida de cualquier tipo de texto. El muchachito ya había aprendido a leer y a escribir correctamente.

En los siguientes años, el niño iba con un gran entusiasmo a aprender cosas nuevas en otro colegio, debido a la mudanza de casa. Los profesores le tenían una alta estima y les gustaba la manera en que él leía los cuentos, mitos, leyendas y textos en clase, tomados de los libros de trabajo. Todavía el niño pensaba que el colegio era un sitio de aprendizaje y de recreación, ya que se apasionaba por las matemáticas y el inglés y solía jugar en los descansos.


Tanto se divertía en el colegio que el día de sus cumpleaños fue celebrado en el salón de clases con bombas serpentinas, piñata y regalos en compañía de sus compañeros, su profesora y su familia. Ese niño sólo leía las cartillas o libros que le impusieran en clase o en casa. Pero no había una lectura independiente, pues a sus padres, siempre ocupados, no les quedaba tiempo o no tenían la costumbre de leerle historias ni cuentos para dormir; sólo les importaba darle afecto y una buena condición socio-económica. Los primero años, el niño permanecía en casa junto con sus hermanos y primos, bajo el cuidado de una muchacha, que les cantaba canciones pueriles para adormecerlos. De tercero a quinto grado, el colegio era como el mejor amigo de este infante y, aunque al chicho sobresalía en casi todas las asignaturas, su pasión por el inglés y por las matemáticas incrementaba. Mas su lectura continuaba dependiendo de órdenes de los profesores y se presentaban indicios de buena escritura . Los profesores habían mantenido una imagen de seres ejemplares y respetables para su vida, ya que, a pesar de su mediocridad, se desempeñaban bien en clase y cumplían con varias normas de urbanidad.


Cuando el niño se presentó para las pruebas de admisión en el colegio de secundaria, no cabría la menor duda de que pasaría con un buen puntaje, pues sus aptitudes para las matemáticas lo ayudarían y algunas descodificaciones de textos tomaban sentido en esa instancia. Durante todo el bachillerato, ese muchacho continuaba leyendo los materiales que los docentes le exigían. Pocos libros le hicieron leer en todos esos seis años, de los que debía hacer comentarios, pero este muchacho bajaba los resúmenes de la internet, leía una parte y hacía un largo escrito acerca de la historia que recordaba, fraccionada y cambiada. Los profesores no hacían algo para remediar la falta de interés por la lectura; ellos calificaban con un sobresaliente o excelente y se acabó su esfuerzo. Allí se dio cuenta de que los profesores no eran sus héroes ni sus ejemplos sino personas que estudiaron alguna profesión, pero, por el paso del tiempo, se fosilizaron y algunos se hicieron teguas. Mientras la lectura seguía en declive, la escritura aumentaba sin estilo y con pocos errores de ortografía. Hasta ese entonces la lectura le dejó un sabor amargo y la escritura solo era útil para la comunicación y la toma de apuntes.
Apasionado por las matemáticas y el inglés, el muchacho decidió estudiar electrónica y unos cursos de idiomas. En ese tiempo, todo era agradable, pues él no se esforzaba por leer ningún libro, sólo los que atañían a la electrónica y a ejercicios matemáticos. Luego de dos años y de un viaje al exterior, el muchacho reflexionó, tomó conciencia de su vida y decidió cambiar de carrera, porque su pasión por los números se apaciguó y aumentó la fascinación por las lenguas extranjeras. Cumplió su objetivo y empezó a estudiar Español y Literatura, pues pensaba en estudiar francés y en la posibilidad de tomar inglés o en la simultaneidad con la carrera afín.
Desde entonces, su vida ha cambiado y ya no detesta la lectura ni la escritura, pero le ha costado trabajo llevar adelante su carrera, que requiere de disciplina lectora y escritora para tener un amplio bagaje de libros tradicionales, críticos y argumentativos, que ayudan a consolidar un sentido crítico frente al mundo. El libro que le impactó y que lo enamoró de la literatura fue Pedro Páramo y El llano en llamas con las historias tristes y abrumadoras de la Comala paradisíaca e infernal. Desde entonces, ha leído cuentos de Cortázar, libros que lo encierran en un mundo que no se ha podido zafar, pues la literatura lo ha atrapado en sus redes de las que nunca deseará escapar.
Por César Cristancho

El placer por la lectura


Fotos tomadas de V. de Vendetta


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