Cuando el niño se presentó para las pruebas de admisión en el colegio de secundaria, no cabría la menor duda de que pasaría con un buen puntaje, pues sus aptitudes para las matemáticas lo ayudarían y algunas descodificaciones de textos tomaban sentido en esa instancia. Durante todo el bachillerato, ese muchacho continuaba leyendo los materiales que los docentes le exigían. Pocos libros le hicieron leer en todos esos seis años, de los que debía hacer comentarios, pero este muchacho bajaba los resúmenes de la internet, leía una parte y hacía un largo escrito acerca de la historia que recordaba, fraccionada y cambiada. Los profesores no hacían algo para remediar la falta de interés por la lectura; ellos calificaban con un sobresaliente o excelente y se acabó su esfuerzo. Allí se dio cuenta de que los profesores no eran sus héroes ni sus ejemplos sino personas que estudiaron alguna profesión, pero, por el paso del tiempo, se fosilizaron y algunos se hicieron teguas. Mientras la lectura seguía en declive, la escritura aumentaba sin estilo y con pocos errores de ortografía. Hasta ese entonces la lectura le dejó un sabor amargo y la escritura solo era útil para la comunicación y la toma de apuntes.
Apasionado por las matemáticas y el inglés, el muchacho decidió estudiar electrónica y unos cursos de idiomas. En ese tiempo, todo era agradable, pues él no se esforzaba por leer ningún libro, sólo los que atañían a la electrónica y a ejercicios matemáticos. Luego de dos años y de un viaje al exterior, el muchacho reflexionó, tomó conciencia de su vida y decidió cambiar de carrera, porque su pasión por los números se apaciguó y aumentó la fascinación por las lenguas extranjeras. Cumplió su objetivo y empezó a estudiar Español y Literatura, pues pensaba en estudiar francés y en la posibilidad de tomar inglés o en la simultaneidad con la carrera afín.
Desde entonces, su vida ha cambiado y ya no detesta la lectura ni la escritura, pero le ha costado trabajo llevar adelante su carrera, que requiere de disciplina lectora y escritora para tener un amplio bagaje de libros tradicionales, críticos y argumentativos, que ayudan a consolidar un sentido crítico frente al mundo. El libro que le impactó y que lo enamoró de la literatura fue Pedro Páramo y El llano en llamas con las historias tristes y abrumadoras de la Comala paradisíaca e infernal. Desde entonces, ha leído cuentos de Cortázar, libros que lo encierran en un mundo que no se ha podido zafar, pues la literatura lo ha atrapado en sus redes de las que nunca deseará escapar.
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