Eran las diez de la mañana, meditabundo, observé en la calle de las casetas de fritos y frutas una gama de posibilidades que se ofrecían para cada tipo de consumidor: comidas saludables y no tan saludables; bebidas naturales y gaseosas; limonadas con sabor a Frutiño, con sabores agridulces y salpicones con abundante dulce y con poco líquido. Mientras tanto un par de moscas rodeaban el calentador de empanadas, tratando de picar alguna, pero se veían impedidas por el ímpetu de los cinco dedos que por ahí pasaban cada minuto.
Me acerqué a la caseta donde venden empanadas excéntricas como las de pescado y las de camarón. Esperé un lapso hasta que se desocupara el joven que atendió como pulpo a más de cinco personas al mismo tiempo manteniendo un diálogo monótono:
-¿De qué son las empanadas?
-Hay empanadas de camarón, pollo, pescado, champiñón…
-¿De qué son las empanadas?
-Empanadas de camarón, pollo, pescado, champiñón…
-¿De qué son las empanadas?
-De camarón, pollo, pescado, champiñón…
-¿De qué son las empanadas?
-Camarón, pollo, pescado, champiñón…
Su pelo desarreglado, su cara demacrada y sus ojos desgastados reflejaban el tedio de levantarse temprano para arreglar la masa, traer el carrito y los demás implementos para su trabajo. Me decidí, por fin, a preguntarle el precio de las empanadas y me contestó un tanto confundido y estresado: “Camarón, pollo, pescado, champiñón…” Resistiendo la burla, le llevé la cuerda y me quedé pensativo entretanto que él reflexionaba y, al instante, me hizo conocer el valor de cada empanada. Me senté detrás del joven, pidiéndole un vaso de avena, y percibí la misma dinámica: el vaivén de las manos con empanadas y dinero, en medio de la asonancia de los golpes del mazo, los cuarenta principales y los sonidos confusos de conversaciones simultáneas y, a esta ópera de teatro pobre, se unía la danza de las moscas con los dedos arrasadores.
Al lado de esa caseta, veo dos fruterías ambulantes: ¡qué extraña combinación! Una mujer se sentó a mi lado; llamó a sus amigas; conversó y aclaró los problemas que tenía en un banco. La disonancia de las voces de la radio se mezclaba con la ópera de voces graves y agudas que se concertaban en los intercambios de diálogo. Pero no cesaba de observar la función de las moscas y los dedos que se abalanzaban sobre las empanadas, ¿por qué se ensañaban tanto en picar esa comida? Es cierto que son deliciosas, pero debe haber algo que las atrae, pensaba.
Un poco después, me acerqué a la frutería y pedí un salpicón. Me encontré con una vecina que, entusiasmada, me saludó mientras se tomaba un vaso de naranjada. Hablamos un poco de la vida universitaria, de la cual me dio a conocer sus deficiencias en francés para que le enseñara un poco. El acto de las moscas y los dedos todavía seguía perturbando mi mente, era como si hicieran parte de las empanadas. Un poco paranoico, revisé la que estaba comiendo para ver si se había caído una dentro, pero me distraje un poco y no pensé más en esos bichos raros.
Me senté detrás de la frutería; la vendedora, una señora de edad con carisma y buena actitud me saludó y me dijo: “¿Le echo lecherita al salpicón, joven?” le contesté que me daba mareo, por eso afirmó que la crianza que había recibido de sus padres fue relevante: “con buenos valores y buena alimentación; por eso, mijo, los jóvenes de hoy sufren enfermedades de abuelos”. Y asentí recordando las mismas premisas de mis padres con respecto a esto. Mas era inevitable echar una mirada hacia la otra caseta y darse cuenta de que las empanadas eran pisoteadas por esos insectos molestos, apestosos y negros que me hicieron botar el último mordisco de mi empanada.
Desvié la mirada y me fijé en aquellos hombres de las empanadas; uno de ellos le tomaba el pelo a un joven de la frutería, diciéndole: “Usted, en la otra vida, fue mujer; por eso ahora es gay”. Risas fluían, iban, venían, se desvanecían y otra vez: “allá lo vieron, bajándole los calzones a Juan. ¡Ay, Dios mío! Par’éstas quien los vino a ver. Nada más que el viejo Lucho”. Se vislumbraba un ambiente de sincretismo en las ondas sonoras que propagaban las canciones con danza árabe de Shakira, los principios de reencarnación del budismo y el catolicismo ferviente de la señora. Luego le di unos pesos a la señora del salpicón y, lleno de curiosidad y pánico, me acerqué sigilosamente a la caseta de los muchachos; observé el mismo baile de las moscas y los dedos y adentré mi mirada en un rincón donde descansaban esos bichos y ¡oh, sorpresa!, para mi decepción, estaban dentro del calentador dos pequeñas y sucias cucarachas que habían muerto recientemente.
Entre los intercambios de creencias, dogmas, comportamientos y desagradables insectos, se acercó una compañera y me sugirió que me inventara el final. Pero en realidad, la conclusión de esta hora de trabajo se sostiene en el vaivén de los consumidores, la atención al cliente, la dinámica consumidora, la distención entre los vendedores, las conversaciones ajenas, la mala música sintonizada, la monotonía y el mal higiene; todo esto es lo que posiblemente se puede observar en cualquier caseta de comidas.
Por César Cristancho


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